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Sucede que el sábado a la 1:00pm el silencio era tan profundo que la respiración de la gente se escuchaba como un llanto armónico. Seis hombres arrastraban sus pies como si no quisieran andar y cargaban en sus manos un ataúd.

Al llegar a la puerta de la capilla se detuvieron y entre tanto algunas lágrimas rodaron estrepitosas. Al momento se escucharon las campanas y las lágrimas y la respiración y las mujeres y los hijos y los viejos y el sol candente y las cantinas sin música y las carteleras que hablaban del hombre, todos eran el mismo llanto, el mismo grito, el mismo dolor.

Sucede que al hombre lo metieron en la carroza fúnebre para empezar un nuevo recorrido hasta el cementerio. Pocos años antes sólo había un camino estrecho, empinado, de arrieros, por donde los dolientes cargaban sus muertos bajo la amenaza de una caída. El sacerdote le había pedido a él que donara parte de su tierra para abrir la carretera. El vehículo se abrió pasó, patinó entre el pantano y llegó hasta el lugar.

Sucede que casi tres lustros atrás, había regresado a su pueblo después de ser desplazado. Cuando volvió, dijo: “de aquí pa’l morro”. Se refería a esa montaña, la de la mejor divisa del pueblo, a la que ahora llegaba.

Sucede que antes de las tres el sol ardía y los hombres empujaron el cajón en la bóveda, un sonido que no tiene igual. No existen palabras para hacer una onomatopeya. Es estridente, como si se obligara a alguien a saltar a un vacío con las manos atadas y la boca cosida. Un sonido que no es palabra sino recuerdo.

Sucede que el sepulturero preparó la mezcla y pegó uno a uno los ladrillos que ahora sellan la tumba. Luego puso el cemento y, cuando casi todos se habían ido, escribió: Jesús María Guzmán. 22/04/2017.

Sucede que el hombre quería vivir 120 años. Decía que la vida lo había “toreado” bastante: sobrevivió a la chusma, a la guerrilla, a los paramilitares, al desplazamiento. Su mejor premio no era quedarse en 86, sino aguantar tres décadas más.

Sucede que él, al que todos llamaban Chulo, creó la primera junta del pueblo en 1967. No alcanzó a celebrar el medio siglo de la fundación. Impulsó la creación de las escuelas, fue arriero, cartero, el primer inspector de policía, concejal en Cocorná y San Francisco, padre del que hoy es el alcalde de San Francisco y del que fue comandante del ELN en parte de estos bosques.

Sucede que Chulo era un visionario: todos sus hijos tenían que estudiar. En su pueblo campesino él decidió que su familia debía seguir otros pasos y ser la más importante. Los internó en Marinilla o en Cocorná, compró una casa en San Luis para que estudiaran. Sus nietos se hicieron profesionales y heredaron del abuelo su liderazgo y su compromiso social.

Sucede que en la noche la discoteca estaba llena. Decenas de hombres y mujeres bebían cerveza. La música estaba apagada, en señal de luto. Al otro lado del parque, en una esquina, un grupo de campesinos osó subir el volumen a las guascas y carrileras, como si violaran un trato, un luto, un dolor.
Sucede que dos cerdos fueron sacrificados en la madrugada e interrumpieron un sueño corto que parecía profundo. Aún no salía el sol y los carniceros cortaban con sus cuchillos la carne de los animales que antes chillaban y dormían en el parque amarrados de los postes de energía.

Sucede que a las 5:30 a.m. la línea, un bus que hace la ruta hasta San Luis, agitó sus cornetas por última vez anunciando su salida de Aquitania. Advirtió un adiós.

Sucede que en ese momento recordé que el hombre había pasado su primera noche en el morro, divisando su pueblo entre la niebla y frente al río Magdalena. Sucede que ya no estaba para matar cerdos ni para vender la carne como todas las mañanas de domingo.

Sucede que en su cama ya no estaba acostado de lado, con sus manos arropando su cara.
Sucede que su gata ya no podrá contemplarlo.
Sucede que ha muerto el hombre más importante de esa tierra, Aquitania. Su pueblo nunca había tenido a alguien que hiciera de una muerte un solo dolor. Sucede, y no a menudo.

Por: Juan Camilo Gallego

Fotografía: Diego González