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Estoy confundido con la corrupción, no logro identificar su imagen todavía; de ella tengo apenas trozos de su rostro. Es como el conflicto armado interno del cual empezamos a reconstruir su corpulencia y consecuencias, y para lo cual requerimos la memoria de quienes tienen las piezas del rompecabezas.

La corrupción encarnada en Odebrecht financió las campañas políticas de todos los candidatos opcionados a llegar a la presidencia de Colombia y en casi media América; obtuvo contratos para construir vías a través de 6,5 millones de dólares entregados a Gabriel García Morales, exministro de Uribe y otro resto al congresista Otto Bula socio de Mario Uribe primo de Uribe. El señor Morales quien reconoció el delito con Odebrecht pidió perdón a sus hijos, es una pieza interesante de esta imagen.

Juan Carlos Ortiz, Tomás Jaramillo y Ricardo Martínez aceptaron sus responsabilidades frente a la estafa del Fondo Premium de Interbolsa y solicitaron casa por cárcel. Luis Gustavo Moreno, fiscal anticorrupción detenido estos días, es investigado por corrupto y aceptó haberse equivocado. Carlos Palacino es el responsable del robo de una parte de Saludcoop, dice la fiscalía. Rostros Concretos, pero apenas trozos de la imagen de la corrupción multifacética.

Es como si después de un largo ocultamiento finamente premeditado y orquestado por sus beneficiarios, fuera posible verle una parte de la cara y la corbata a la siempre presente pero escondida corrupción. Aunque los escándalos de hace años y los recientes la volvieron protagonista, apenas ahora es posible ver un trozo de su personificación.

Cuando la corrupción se encarnó en Reficar y comprometió dineros públicos por valor de nueve billones de pesos, presuntamente, estaban implicados ministros e integrantes de la junta directiva del Ecopetrol del gobierno Uribe, las empresas internacionales responsables de la obra.  Hasta la fecha, no se conoce en firme el rostro de la corrupción que se comió a Reficar durante el gobierno anterior y el actual. Reficar le hace falta a este cuadro.

En los esfuerzos por imaginarme la corrupción, me la había creído despeinada y mueca como una loca, vestida de bolsillos sin fondo, zarrapastrosa. Pero cuanto más la veo, confirmo su bajeza, violencia, y con sorpresa descubro su alcurnia, su clase alta, su alta costura. Supongo que es normal que no pueda identificarle sus recientes partes de rostro, porque me tiene atolondrado.

Guillermo Valencia Cossio exfiscal de Medellín, está condenado a quince años porque le demostraron que favoreció a cabecillas de bandas de Medellín. Una de sus principales funciones era comunicarle a los cabecillas si sus rostros estaban o no en los organigramas de las estructuras criminales. Esta semana, Gustavo Villegas Secretario de Seguridad de la Alcaldía de Medellín, fue detenido por supuestos delitos similares a los de Valencia Cossio. Mientras tanto, el Contralor de Antioquia es investigado por “embellecimiento ilícito”, por no pagar el valor de una cirugía en un hospital público.

Si tuviera una imagen completa de la corrupción en la administración pública, podría reconocerla en un tarjetón de elecciones, en el parlamento, en una oficina del gobierno, un club, en las zonas VIP, en la clase ejecutiva de un avión. Pero apenas empiezo a verla a pedazos y no puedo armar el rompecabezas de su imagen, no la reconozco todavía, sucede que se mezcla con la imagen de los “honorables”, respetados, reconocidos, votados, posicionados, ricos, y no me es posible deshacerme de su reputación. Cuanto más junto pedazos, menos se me parece a una rata, a ningún animal. Es un rostro humano, maquillado, embellecido y bien vestido que se pasea más en los palacios y nunca por las alcantarillas.

Por: Nelson Enrique Restrepo Ramírez