Tranquilo, pintoresco, hermoso, perdido en el tiempo y hasta "Pueblo fantasma" , fueron algunos de los calificativos dados por un grupo de estudiantes de Comunicación Social Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana que llegaron hace un par de semanas hasta el municipio de Concepción. El siguiente texto fue uno de los trabajos realizados por los estudiantes.
Crónica: En aquel lugar los minutos se multiplican y hay un ligero instinto de que es posible que se demore en llegar un nuevo día, pues los segundos se congelan y la pasividad de la gente genera esa serenidad propia de lo rural. La campana de la iglesia es el ruido más estridente; al parecer no han llegado las minifaldas; en los bares todavía utilizan Long Plays y tanto la arquitectura como las mentes se mantienen intactas desde el siglo XIX.
A un promedio de 20 grados centígrados las señoras todavía utilizan medias veladas, los caballeros consideran que el sombrero de pana no pasa de moda y los jóvenes se dedican a arrendar “bestias” y a exhibirse por ahí. Hay dos hotelitos, una miscelánea, bastantes charcos, dos alquiladeros de caballos, una casa de la cultura (Patrimonio Nacional) y varias tabernas. Hay otras cosas también, pero básicamente en estas consiste la vida allí.
Viajar por la carretera destapada en un bus caliente sería la manera más adecuada de llegar con el único fin de irse contextualizando antes de conocer el pueblo. Dos cuadras abajo del parque es el paradero de buses, no se sabe si por pereza de subir la loma de piso de piedra hacia la iglesia o porqué definitivamente institucionalizaron allí el lugar donde termina el viaje.
Apenas a las 9:30 de la mañana un domingo cualquiera parece que cantaran los gallos, pues el pueblo respira a partir de las diez, antes no se siente vida. Como toda zona antioqueña las ancianas son las que salen primero a saludar al sol, luego saldrán los hombres de la casa, que sin importar el hecho de que sea domingo se disponen a trabajar después de recostar sus espaldas en alguna pared de por ahí, mientras conversan con un vecino.
Dicen que el pueblo conserva las sanas costumbres de los mayores y a simple vista las caras blancas e inocentes parecen comprobar esta tesis. Desde las diez de la mañana Doña Marta, que vive cerca de la Estación de Policía, espera, como las demás señoras de edad, la misa de once. Y cuando se llegan las once, Doña Marta, su hija y su nieto van a la iglesia agarrados de la mano.
Concepción le dicen unos, la Concha otros. Primero, patria chica del General José María Córdova. Segundo, municipio que queda a 58 kilómetros de Medellín. Tercero, poblado del Oriente Antioqueño. Es el orden de respuestas comunes que tiene la gente cuando le hablan de este lugar.
Con tan solo 167 kilómetros cuadrados y 6.565 habitantes, sería fácil creer que en La Concha las noticias sólo tratan muertes de vejez o accidentes por trabajos agrarios, como suele suceder en muchos pueblos antioqueños. Sin embargo en lo poco que llevamos del 2010 este inocente territorio ha protagonizado un par de noticias que tratan un asesinato doméstico a manos de autoridades públicas y el descubrimiento de “ciudadelas” que funcionan como laboratorios de cocaína.
Al salir de misa y entregarle las plegarias al famoso Beato Rubén de Jesús López, nacido allí y muerto en España, los concepcioninos empiezan a ocupar lentamente la plaza donde reposan algunos plátanos en exhibición y se empiezan a beber las cervezas.
Don Víctor Aguilar es de los primeros que abre la puerta. Un pequeño cuarto lleno de antigüedades se deja ver desde el parque, él lo vigila en la entrada. Su rostro es sereno, como si la vida ya le hubiera dado todo lo que ha pedido: doce hijos, 5 hombres y siete mujeres, seis caballos, una casa, una finca, una hermana vecina, una hija que se quedó con él, una esposa de la que se separó hace treinta años, el recuerdo de su antigua droguería, la satisfacción de tener hijos profesionales viviendo en todas partes del mundo, las reliquias que se dedica a comprar y que ahora podría vender por precios altísimos, la satisfacción de haber sido un buen alcalde en los quince municipios que gobernó, los Panchos como Banda Sonora y la nostalgia de un matrimonio de una hija al que no asistió.
-¿Qué opina de que una estatua del General José María Córdova presida el parque? Le preguntan por ahí, refiriéndose al monumento parisino que honra al militar más destacado durante la proeza independentista de Suramérica, nacido también allí.
-“Yo no hablo mal de José María Córdova porqué yo también soy de aquí”
Responde después de algunas palabras positivas.
Contrario a su sabiduría adquirida en la universidad de la vida, al otro lado del pueblo Iván, el Topo, a las dos de la tarde no abre la puerta. Cuando se decide, la arrogancia de un tipo cuyo negocio de pesebreras fue fructífero se deja ver. Su esposa es la típica mujer que puede darle cuantos hijos desee con tal de que la puerta de su casa no sea de lata sino de pino. “Las bestias son muy buenas, de veinte milloncitos pa arriba” dice, mientras mis ganas de conocer su estilo de vida, se esfuman.
Quizá por Concepción concibieron el Pueblito Paisa, porque es uno de los pueblos que conserva más la esencia antioqueña: un reloj en la iglesia que está veinte minutos atrasado, un pueblo liberal y católico al mismo tiempo, crucigramas sin terminar de periódicos dejados sobre las mesas, inocencia en las caras y algunas pésimas noticias, yuca, papa, plátano, ganadería, agricultura, la vejez satisfecha, los caballos siempre protagonistas, policías de 19 años, multa de 20.000 pesos por amarrar mal la bestia, la estatua de un ejemplar en mitad del pueblo, el olor a sudor, la adoración a un Beato, la guasca, el banano, la cocaína, la Pilsen, el Boston. Lo único poco antioqueño que tiene el municipio es que sus deudas están saldadas, y a paisa que se respete no le faltan “las culebras”.
*Estudiante de sexto semestre de Comunicación Social
Fotos: Guillermo Zuluaga Ceballos
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